Detroit: Música para la hecatombe

9 Posted by - 10 septiembre, 2013 - Sin categoría

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La ebullición industrial moldeó la vida de esta ciudad, y en la música en muchos casos determina un carácter, su genética. “Motor City is Burning”, cantan los agitadores MC5, versionando a John Lee Hooker, el ícono del blues en el peak dorado en los cincuenta.

Motor City es el segundo nombre para Detroit, capital de la explosión automotriz en Estados Unidos. General Motors, Ford y Chrysler se instalaron a ensamblar vehículos en serie, generando una gigantesca migración no violenta, mayormente afroamericanos que de los campos de algodón trasladaron su cultura a un lugar con más oportunidades.

Hoy el Packard Plant está vacío, se fue el millón de personas que agitó Detroit durante un siglo. Las industrias buscaron ciudades sin sindicatos, más baratas, y queda un forado de 18 mil millones de dólares. Queda también un perfecto abanico de música popular de ese país. La ebullición industrial moldeó la vida de esta ciudad, y en la música en muchos casos determina un carácter, su genética. “Motor City is Burning”, cantan los agitadores MC5, versionando a John Lee Hooker, el ícono del blues en el peak dorado en los cincuenta.

El blues reasentó el espíritu delta del Mississippi, desarrollando una herencia que en Chess encontró un mayor auge, pero en Chicago. A nivel discográfico, acá destella el soul en Motown, que desde el título establece su denominación de origen. Las voces femeninas protagonizan la evolución del gospel hacia un ámbito comercial. Berry Gordy, su fundador, asimiló la fórmula automotriz para iniciar una mecánica batería de éxitos radiales. Por cierto, fue el acompañamiento a un histórico proceso contra la segregación racial, con Marvin Gaye y Stevie Wonder como nuevos representantes de la canción popular.

Alto voltaje
La mitología indica que cuando James Newell Osterberg vio a Jim Morrison y The Doors, decidió a formar una banda, más tarde The Stooges, y bautizado como Iggy Pop. Este fundamental grupo logra en “L.A. Blues” un nuevo antecedente ante la amplificación del rock, ya con electricidad y distorsión en una extensión mayor.

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En 1967, las calles hervían de consignas sociales y agitación civil. La ciudad de los automóviles explotó ante una notoria segregación parcelada con autopistas. La oposición a la discriminación racial tenía en el White Power un apoyo político e intelectual. Uno de sus líderes, John Sinclair, tomó al grupo MC5 para instalar su explosión de rock al frente de la rebeldía. El efecto fue recíproco y demoledor, y el sonido de esta banda destacó por su efusividad y descontrol que detona en “Kick out the Jams” y “Back in the USA”.

Ciertamente, los MC5 (Motor City Five) son el exponente ruidista que irrumpe en el rock de garage de esta década. Contestatario, subversivo y al más alto volumen posible, son junto a The Stooges un binomio que engloba un momento específico, bien advertido por Elektra Records, que edita tres seminales ediciones. Tanto Fred ‘Sonic’ Smith como Ron Ashenton son artífices a través de potentes riffs de guitarra de este antecedente.

Una desaceleración sin frenos
A nivel demográfico la ciudad mostró una caída sostenida, un golpe a la economía. En los ochenta, Detroit inspira por su entorno industrial, urbanización y motores, un engranaje que tiene en Düsseldorf un precedente, con el surgimiento de Kraftwerk y Neu! en el krautrock alemán, que acá deriva en la aparición del ‘techno music’, género basado en el uso de sintetizadores, combinación de música afroamericana y sonidos digitales futuristas. De hecho, el cuarteto alemán tocó en la ciudad en 1981, en la gira tras editar “Man Machine”.

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El “trío de Belleville” es carta obligada para entender la explosión del techno, compuesto por Juan Atkins, Derrick May y Kevin Saunderson. Justamente hace un par de semanas, el maestro Atkins pasó por Santiago, una visita inédita como ocurrió con Mad Professor o Grandmaster Flash en el último tiempo. El techno supo mezclar en sus tornas la herencia del soul y el funk para matizar el blaixpotation y animar la cultura disco, también alimentar de bases al incipiente rap. A nivel electrónico, se puede apreciar el impacto en la creación de música pop y el trabajo de un discjockey, y por otro lado el auge de las rave y contracultura que vivían ciudades con procesos económicos similares.

Detroit 2000
Hace pocas semanas Detroit se convirtió en la ciudad más grande de Estados Unidos en declararse en quiebra. Barrios enteros sin servicios básicos, demolidos para evitar incendios y okupas. Casas por un dólar en medio de la nada, pero no es un fenómeno intempestivo.

Durante este siglo se masifica la figura de Sixto Rodríguez, desconocido artista folk. A fines de los 60’ editó dos discos desapercibidos, con posterior despido del sello Sussex. No obstante, su obra gozó de amplia popularidad en países de África y Oceanía, con reedición en CD durante la década de los noventa. Destacar el acierto de Light in the Attic, que editó sus dos discos en 2009, un sello de importantes hallazgos musicales. El interés por su música queda plasmado en el documental “Searching for Sugar Man”, en Chile gracias al festival In-Edit, elegido para la función inaugural y también recibió el Premio del Público. Luego obtendría el Óscar a Mejor Documental, permitiendo una revancha a su prosa de folk político con un par de giras por Sudáfrica y Australia.

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Otro hallazgo importante corre por cuenta de Drag City, que en 2009 edita los demos de la banda Death. Formada por un trío de hermanos a comienzos de los ’70 (David, Bobby y Dannis Hackney), su sonido explosivo surge de tardes enteras metiendo ruido en la buhardilla familiar. “…For the Whole World to See” remite a la explosividad del rock en estos años, una banda ubicada entre las ‘protopunk’. En 2011 Drag City arremete con ‘Spiritual • Mental • Physical’, y su trabajo es instalado entre los descubrimientos que reciben el apelativo “punk antes del punk”. Un documental en 2012 (A band called Death) es otra recomendable pieza audiovisual para apreciar esta historia desconocida.

De esta generación, un dúo provoca nuevas miradas a la motor rock city. The White Stripes son una de las bandas que forman parte de revival del garage, con una excelente lectura de Jack White sobre la guitarra eléctrica, ampliado a dúo con Meg White en la batería. Editan una recomendable trilogía por Sympathy for the Record (de Washington) y coronan con ‘Elephants’, placas que ubican al compositor por sobre la media de los rockeros actuales, dando cuenta de una especial herencia musical en su ciudad natal.

Pero una golondrina no hace verano, la música no quedó exenta a la debacle y hasta el Grande Ballroom, su catedral sonora, es hoy una joya hecha harapos. Es difícil escudriñar en nuevos sellos o bandas, considerando además que Chicago o Nueva York son ciudades relativamente cercanas, mucho más atractivas para jóvenes que no tienen oportunidades de empleo en la ciudad motor. Con esto de la deuda, se habló incluso de vender la colección pictórica del museo local, avaluada en 2,5 mil millones de dólares, ni siquiera un 20% de la factura. La música no dejó un imperio destruido con el paso del tiempo, pero sí un sonido que cada día corre más rápido.

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